Lo que España necesita, no lo que merece.

1969, Rooster Cogburn (John Wayne), True Gift: «A un rata o la matas o la dejas en paz». 2011, Santos Trinidad (José Coronado), No habrá paz para los malvados: «rock&roll» y «a tomar por el culo». ¿Con dos cojones? No, con dos razones: La desaparición del mundo al que pertenecían y la pena eterna del que sabe que nunca más encontrará un refugio donde esconderse. Definitivamente se va. Se van. Pero mientras esperan a que llegue la oportunidad para consumar su huida dignamente, le echan una mano a la comunidad en la que sobreviven realizando una labor que nadie les ha otorgado, pero que tampoco nadie podría llegar a materializar. Porque ante todo despliegan una acción más allá de las palabras, de los gestos vacíos, igualada plenamente con el anacronismo pragmático que todo universo delictivo es en esencia. Ellos no hablan; planifican y actúan. Piensan globalmente, saben posicionarse estratégicamente. ¿Diferencias entonces?: Lo individual frente a lo colectivo, bailando sobre un límite difuso en el que solo parece caber una certeza: «cuando el malvado sangra, es buena la tragedia» Incluso cuando Coronado, después de todo, no ha logrado entender la importancia del personaje al que da vida: « El privilegio del actor es poder enriquecerte de trabajos a la medida en la que tú quieras involucrarte, y eso te llena, pero de Trinidad no había de dónde sacar ni aprender. De Santos Trinidad no había nada que quedarse, era el diablo».

«Soy Vicente», así, como conclusión final a La piel que habito. Dos palabras que deberían entrar de pleno derecho dentro del elenco de frases más importantes del cine español. Por su emotividad, por el momento justo en que llegan. Pero sobre todo porque se erigen vivamente como el lamento trágico de un cuerpo sin identidad totalmente consciente de su necesidad. Cuerpo ante todo, porque ha sido moldeado a conciencia a partir de la propia carne. Cuerpo después de todo, porque ha sido embalsamado con una piel sintetizada artificialmente. Nombre clave: GAL, una superficie que asoma como reminiscencia política  mientras el autor se empeña en estirarla cuidadosamente, sin llegar a imaginar que aquello a lo que envuelve, aunque ya no sea lo más profundo, todavía permanece vivo, mutando, envejeciendo, clamando silenciosamente. Vicente; cuestión sin solución, veneno sin antídoto. Un abismo identitario donde se constata como ha cambiado todo para que nada sea diferente.

«La mejor forma de huir de tus perseguidores sin dejar rastro es caminar hacia atrás, sobre tus propias huellas » El movimiento de Los pasos dobles; volver al western, a la película de aventuras, a las obras maestras como  The Man Who Would Be King (1975) para relacionarse íntimamente con su esencia, recobrando su sentido más físico;  la cámara pesa y cuesta avanzar sobre la arena. Como Howard Hawks o el propio John Huston, tomando el rodaje como pretexto para viajar en compañía de los amigos a lugares tan lejanos como desconocidos, emborracharse, descubrir las particularidades de sus gentes, los misterios que esconden, lo que cuentan sus leyendas. Leyendas del tiempo. Como palabras volubles, leves, ingravidas, encerradas en lugares sin tiempo como historias imposibles. Como si Makiko hubiera podido preguntar a Isra por qué no quiere cantar como Camarón cuando ella no puede, y este la hubiera respondido misteriosamente « ¿Cuál es la única cosa que al compartirla se destruye?»

Entonces…

Todo empezó de manera bastante inocente; yo quería echar un polvo. Eran las tantas de la mañana y conduje hacia las afueras de la ciudad esperando que alguna puta todavía no hubiera ganado lo suficiente esa noche. Tuve suerte, el primer local con que me crucé tenía las luces de neon encendidas. Baje del coche excitado, abrí las con violencia dos hojas de la puerta de entrada y me detuve súbitamente ante la escena que se presentaba ante mis ojos. A un lado de un pequeño espacio dibujado por una barra en forma de ele, se encontraban dos negros con el cadáver de un tipo trajeado a sus pies. Uno de ellos sostenía una enorme pistola que apuntaba al otro lado de mi panorámica visual, donde una chica de piel blanquecina y reluciente se sostenía como si fuera una estatua.

- ¡No lo hagas Vicente!

Pero Vicente no hizo caso a su compañero y disparó; la chica cayó al suelo como si fuera una muñeca que se deshincha lentamente. Me di la vuelta y no me quedó otra que correr hacia mi BMW recién estrenado y huir rápidamente.

Ahora, después de unas cuantas semanas con los tipos pegados a mi espalda, creo que finalmente he podido encontrar un lugar donde esconderme. Aquí, donde me hallo cosiendo las heridas sangrantes de mi abdomen mientras hago como si todo hubiera sido mentira, como si todo lo que vivido en este corto espacio de tiempo no hubiera ocurrido realmente.

Ricardo Adalia Martín.

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