Mirar una escultura de Rodin

«¿Cómo piensa la escultura?¿Cómo la escultura esculpe el tiempo?¿Cómo procede con este mismo tiempo – memoria, presente, tensión hacia el futuro – para remover nuestros espacios familiares (nuestra cotidianidad), conmovernos interiormente, «tocarnos» con los lugares, los umbrales que esta inventa?» (Didi-Hubermann)

Respuesta en Contrapicado #44: Al alcance de la(s) mano(s).  O la manera en que Un couple parfait (Nobuhiro Suwa, 2005) abraza la sombra de Viaggio in Italia (Roberto Rossellini, 1953)

Imágenes: Octubre (Sergei M. Eisenstein, Grigori Aleksandrov, 1928)

Esos encuentros con ellos (V)

Imágenes B&W: La naissance de l’amour (Philippe Garrel, 1993)

Imágenes color: Le pornographe (Bertrand Bonello, 2001)

Esos encuentros con ellos (IV)

Hola, ¿mamá? Soy Perce.

Sí, estoy bien.

No, estaba en Colorado. Ahora estoy en Nevada.

He montado un toro.

Sí, un rodeo bastante bueno.

Cien dólares.

Mamá, iba a comprarte un regalo de cumpleaños con eso, pero tenía las botas destrozadas.

No, no he ido al hospital desde que hablé contigo. Me he comprado unas botas.

Mamá, ¿para qué iba a querer casarme? Acabo de comprarme...

Oye, ¿sabes qué? Además del dinero, he ganado una bonita hebilla de plata.

Sí, con un caballo dando corcovos y mi nombre entero escrito debajo.

¿Estás orgullosa?

No, qué va. La cara la tengo bien. Ya ha cicatrizado. Está como nueva.

Me reconocerías.

Está bien, operadora. Mamá, escucha. Saluda a Frieda de mi parte, ¿vale?

Y a Victoria. Sí, y al tío George.

Bueno, salúdalo a él también.

No, mamá. Se me ha olvidado, eso es todo.

Te lo estoy diciendo ahora.

Mamá, tú te casaste con él, no yo. Así que salúdalo.

¿Es...? Oye, quizá te llame en Navidad.

Vale.

¿Hola?

Que Dios te bendiga a ti también...

Imágenes: La libertad (Lisandro Alonso, 2001)

Palabras: Montgomery Clift en The Misfits (John Huston, 1961)

Esos encuentros con ellos (III)

¿Qué le ha hecho volver?

Oh… no lo sé…

Siempre pensé que algún día tendría bastante dinero para instalarme aquí…

…y criar algunas cabezas de ganado.

¿Y tiene el dinero?

Lo tuve… una vez.

¿Qué pasó?

Me desvié de mi camino.

¿Mujeres?

No, las mujeres no me desvían de mi camino.

Fue otra cosa.

¿Es usted un hombre que piensa?

Bueno, cuando llueve me resguardo.

Yo soy un hombre que piensa y he aquí lo que pienso.

Una cosa que esta mal es que todos los libros que tratan del éxito están escritos por hombres de éxito.

Eso no está bien.

A los hombres como usted y yo nos vendría bien que los libros sobre el éxito los escribieran los fracasados.

Eso si tendría sentido.

Imágenes: Sicilia! (Danièle Huillet, Jean-Marie Straub, 1999)

Palabras: The lusty men (Nicholas Ray, 1952)

Esos encuentros con ellos (II)

¿De verdad tengo pinta de tener un plan?

¿Sabes que soy?

Soy un perro que corre detrás de los coches.

No sabría que hacer si alcanzara uno.

Sabes… ¡actúo sin pensar!

La mafia tiene planes.

Los polis tienen planes.

Gordon tiene planes.

Ellos maquinan.

Maquinan para controlar sus pequeños mundos.

Yo no maquino.

Intento enseñarles a los que maquinan lo patético que es que intenten controlarlo todo.

Imágenes: Woman on the beach (Hong Sang-Soo, 2006)

Palabras: Joker en The Dark Knight (Christopher Nolan, 2008)

Esos encuentros con ellos (I)

Probablemente tiene algunos miedos. Pero, ¿y quién no los tiene?

Usted menciono algo de que soñaba con tigres que jugaban bajo su cama.

Bueno, eso no me parece tan anormal.

En cierta forma, todos tenemos tigres debajo de la cama, ¿no creen?

¿Qué quiere decir, Bailey?

Tanto en el caso del chico como en el nuestro, el tigre representa algo que no entendemos, o algo o alguien a quien tememos.

Entiendo.

¿Y cómo podemos librarnos de esos tigres imaginarios?

En el caso del niño, razonando con él, convenciéndole de lo infundado de sus miedos.

En nuestro caso, el problema es muy parecido.

Quizás sea un poco más complicado…

…si somos personas de algún modo violentas.

¿Y entonces?

Entonces, quizá tengamos que volver al método salvaje de enfrentarnos con el verdadero tigre.

Y matar de verdad al tigre. ¿Es así, Bailey?

No, no puedo estar de acuerdo con usted.

Pura psicología, Nick. Puede aceptarla, o no. Usted verá.

Imágenes: Tropical Malady (Apichatpong Weerasethakul, 2004)

Palabras: Experiment Perilous (Jacques Tourneur, 1944)

El Sur en Transit número 10.

Después de publicar una reflexión sobre La vida sublime, Ricardo Adalia recibió en su domicilio una misiva anónima invitándole a reflexionar acerca de lo que había dejado escrito. Aunque en un principio no la tuvo en cuenta, finalmente provocó que un malestar se instalara en su cuerpo, empujándole a repensar su concepto de “Sur”. El resultado se puede leer, entre otros textos sumamente interesantes, en el número 10 de Transit: cine y otros desvíos.

Revista El rayo verde

El rayo verde nació en 2007 con la vocación de servir como complemento a la programación del Cine Club Calle Mayor.  Pero una vez alcanzada su quinta entrega pretende expandirse hasta encontrar una identidad que logre englobar dentro de sus páginas un panorama cinematográfico más amplio. Además de en versión electrónica puede conseguirse gratuitamente impresa en papel a través de la dirección revistaelrayoverde@hotmail.com.

Mutilaciones digitales. El cine “noughties” de Pedro Costa.

Un tipo negro mira ensimismado hacia una pared pulcramente blanqueada. Está observando una grieta que la atraviesa de lado a lado y que solo él parece ver. Se llama Ventura y hace algunos años, cuando trabajaba como albañil antes de que una enfermedad le obligara a jubilarse, la levantó con sus propias manos. Para cualquiera esa fisura sería invisible,  pero para su honor de artesano es algo más que el moratón del irremediable paso del tiempo.

Pedro Costa también es un artesano aunque en los últimos años la crítica le haya convertido en un autor. Por eso filma esta escena de Juventud en Marcha (2006) con el mismo detenimiento con que Ventura mira a su pared. Escruta las grietas de una presencia física portentosa alargando la escena durante un par de minutos. No hay prisa. Espera el momento en que a su hierático protagonista se le escape un gesto, un movimiento capaz de liberar alguna idea acerca de lo que piensa. El registro utilizado parece documental, pero cuando el espacio se queda vacío, cuando Ventura desaparece de la escena y pervive la sensación de que quizás no volvamos a verle sobre un plano que ha quedado ausente, el tiempo comienza a engordar hasta hacerse demasiado pesado. Un corte de montaje se convierte en algo más que un anhelo para el espectador y la desesperación óptica se siente como un mal físico. Estamos colocados sobre el tiempo de película y comenzamos a apreciar las dimensiones de la grieta a la que miraba Ventura. Entonces el corte deseado aparece y c nos sorprende. La escena misteriosa da paso a la siguiente, pero en esencia no parece haber cambiado nada.

Corte 1. Espacios poblados.

Como la pared de Ventura, la filmografía de Pedro Costa está atravesada por una falla que la divide en dos partes perfectamente diferenciadas. Alrededor del año 2000, después de rodar O sangue (1989), Casa de Lava (1994) y Ossos (1997), y de gozar de cierto reconocimiento en festivales internacionales, decide dar un cambio radical a la concepción de su cine impulsado por un problema de conciencia. Sus palabras son lo suficientemente elocuentes: “Ossos funcionó muy bien, era una película culta, a la moda, todo el mundo hablaba de ella. Pasó por todos los festivales. Triunfó en Venecia. Paulo (su productor) me dijo «La siguiente va a ser increíble». Me asusté mucho porque me vi haciendo un Ossos aún más estilizado, o menos…, o más. […] No estaba contento del éxito de Ossos, digería mal todos los debates a los que iba, aquí, en Paris, y por todos lados. Había algo que no pasaba. Es una historia bastante incompleta y bastante cobarde, porque está protegida por el cine, por el equipo de producción. No afrontaba la realidad” [1]

Efectivamente, su cine había discurrido bajo los patrones de cierto concepto cinematográfico muy europeo situado dentro de las coordenadas estéticas de la frontalidad y el distanciamiento formal, que al mismo tiempo proyecta una mirada abnegada, melancólica y complaciente hacia aquello que mira. Las buenas intenciones de una conciencia social ya no bastaban para retratar la historia de una enfermera que acude a Cabo Verde para cuidar a uno de su pacientes que habían sido deportado en Casa de Lava, o al joven drogadicto que pretende vender a su hijo recién nacido en Ossos porque no sabe qué hacer con él. Seguir acercándose de esta manera – como continua haciendose habitualmente en cine más social –, con un gran equipo de producción a un grupo humano excluido o a un espacio reducido a sus ruinas, por lo menos se puede calificar de hipócrita. Porque en esencia, ese ejercicio en que cada una de las dos partes implicadas no parte de la posición, no hace más que alimentar la desigualdad a través de las imágenes.

A partir de esa toma de conciencia el nuevo “sistema Costa” toma impulso, paradójicamente, de una metodología utilizada por una industria tan desmesurada y megalómana como la que gobernaba al mítico sistema de estudios del Hollywood más clásico. Solo que ahora de manera actualizada, reducida a una sola persona. A la del propio Pedro Costa, equipado con una pequeña cámara miniDV, un foco artesanal y un cuaderno de script. Con esas pocas provisiones se adentró en el barrio marginal de Fontainhas para hacer de y en él su propio estudio de rodaje. Tanto en el Hollywood clásico como en su “Hollywood” particular, el dinero no es la variable sobre la que operan las imágenes. Bien sea por exceso o por defecto, este “factor” se disuelve para dejar paso al espíritu, a las ganas de sacar adelante a un proyecto en común, y en el que todo aquel que participa está – o en teoría debe estar – implicado. He aquí el concepto más cercano a lo artesanal.

Costa ya había estado en Fontainhas para rodar Ossos, pero en su regreso trataba de explorar el barrio buscando todo aquello que había sido incapaz de ver algunos años antes. En ese espacio ruinoso, abandonado a su suerte, donde las drogas devastan a casi todos los que todavía viven allí, Costa encuentra a su particular star system: Vanda Duarte y Ventura. Presencias físicas que enraizan con los arquetipos clásicos de una Joan Crawford o un John Wayne. Pero la pátina que recubre su amargura deviene y trasforma en una realidad difícil de mirar. Vanda vive enganchanda a la drogas y únicamente se dedica a “asesorar” a todo aquel que pasa por la habitación que da título a No cuarto de Vanda (2000). Por el contrario, Ventura se mueve muchísimo en Juventud en Marcha. Vaga todo el día buscando a los hijos que se inventa para calmar la melancolía por una vida dividida, entre su Cabo Verde natal y el espacio espectral por el que transita.

A primera vista podría pensarse que estamos ante un nuevo acercamiento a la miseria del mundo, a uno de esos reflejos incómodos de lo que escondemos bajo la alfombra. En el registro aparentemente documental utilizado para su empresa da la impresión de que Costa trata de presentar la desgracia en todo su esplendor justificado, además, la necesidad de acercarla. Nos equivocaríamos de medio a medio. Su cine no trata de rastrear psicológicamente las causas que han precipitado una situación que a los ojos del espectador acomodado siempre es escandalosa. Todo lo contrario. Su tentativa no escatima esfuerzos para mostrar lo que puede un cuerpo reducido a una forma de vida. Sus imágenes low cost registradas con una cámara domestica, se equiparan a los cuerpos en un régimen de calidad similar para ver lo que pueden a partir de ese momento con ayuda de la ficción que interpretan y les apoya. Son cuerpos ruinosos, devastados por las drogas, por el paso del tiempo, por el trabajo. Las imágenes de Costa recogen las potencialidades de lo que queda de ellos. No hay nostalgia, ni lastima, ni complacencia: Solo dignidad. Dignidad estética.

Corte 2. Ne change rien.

Seguramente que si Ne change Rien (2009) ha sido la primera película de Pedro Costa que has visto, te estarás preguntado que tiene todo esto que ver con una actriz tan “pija” como Jeanne Balibar intentado interpretar todo aquello que se le ponga por delante. Debemos acudir al imperativo al que hace referencia el título del film, “No cambiar nada para que todo sea diferente”, tomado de un sampler de Histoire(s) du cinéma (Jean-Luc Godard, 1988-1998) para encontrar la repuesta al impulso que mueve todo el cine de la “nueva” era digital de Costa: El de los cuerpos tratando de acoplarse a un ritmo; de la música, de la vida, de la ficción, de las imágenes. Porque el cine del director portugués se sitúa a la distancia justa de las dos instancias entre las que se debaten los cuerpos. Entre su propia vida y las ficciones que las rodean. Cada una con su tiempo, con sus cadencias, con sus movimientos invisibles. ¿Cómo acceder a cada una de ellas una vez que las fronteras se han difuminado? Tal es el secreto y la fascinación del cine de Costa, que algunas veces nos parece el documental de una ficción y otras una ficción documentada. Pero este debate debería ser considerado ya como poco interesante aunque siga vigente desde que Juventud en Marcha pasara por Cannes en el año 2006 creando uno de los mayores debates contemporáneos alrededor de un régimen estético y descubriendo para el mundo la filmografía del director portugués. Sin embargo, en algo se ponían de acuerdo tanto los admiradores como los detractores de la película: aquellas imágenes, pese a su precariedad, emanaban una fuerza especial y disponían de una personalidad propia.

Costa, criado cinematográficamente en la filmoteca de Lisboa dirigida por el hoy fallecido João Bénard da Costa, vio y vivió intensamente las imágenes de John Ford, Raoul Walsh, Yasujiro Ozu, Jacques Tourneur, Charles Chaplin o Ernst Lubitsch. Porque es en la vivencia profunda, en la interiorización de un concepto que se actualiza a través de un cuerpo y su memoria, cuando las imágenes vuelven a la realidad cobrando un nuevo aliento, un nuevo impulso capaz de golpear ferozmente a cada retina. Por eso en las imágenes de Costa reconocemos muchos gestos cinematográficos reducidos a su esencialidad: un cuerpo derrumbado, el umbral de una puerta, una mano que reconforta. Filmados, además, en un escorzo puramente artístico. En lo que Mónica Muñoz Marinero llama puesta en escena esquinada [2]. Porque el cine de Costa huye de la frontalidad europea a lo Michael Haneke que se aleja de aquello que quiere representar como una realidad total. Solo el esbozo se muestra como el campo abierto donde la imaginación devuelve una nueva operatibilidad a las imágenes y a los cuerpos.

Las imágenes de Ne change rien llevan hasta el extremo el concepto. Del rostro de Jeanne Balibar emerge su voz intentando acoplarse tanto al ritmo de una opereta como de una canción pop y de una banda sonora western. Costa acompaña el vaivén genérico con uno temporal, confiriendo a las imágenes la categoría de autónomas. De esta manera heredan parte de ese misterio característico de las de, por ejemplo, un Tourneur. Envuelve, en consecuencia, a Balibar en una zona de incertidumbre dibujada por el claroscuro de un precioso blanco y negro. ¿Volveremos a verla en la siguiente escena? La amenaza también estaba presente en el color de sus dos películas anteriores. Vanda camina en el alambre resistiendo a una sobredosis, y la melancolía que embarga a Ventura, y que le hace reescribir una carta de amor a alguien que dejó en Cabo Verde antes de emigrar a la tierra de las promesas, nos hace dudar de que un corte de montaje le haga desaparecer para siempre. ¿Serán capaces de sobrevivir a la ficción que les relaciona con un espacio y su propia vida? El corte se convierte entonces en la amenaza fantasma de una vida en el abismo, misteriosa, sostenida por alfileres, pero que pese a todo lucha contra su propia desaparición.

Corte 3. ¡Corten!

Jamás se volverá a oír la palabra que titula este epígrafe en un rodaje de Pedro Costa. Al igual que la empresa en la que coloca a sus personajes, lleva a cabo un ejercicio reciproco intentado encontrar el ritmo de la vida con sus ficciones. Su cámara registra continuamente hasta que las baterías se agotan y no queda más remedio que parar el rodaje. Solo en el montaje, con sus propias manos siguiendo la idea de Godard, encontrará el sentido de sus películas.

Jamás ha intentando rodar un documental en el sentido estricto del término, exceptuando ¿Dónde yace tu sonrisa escondida? (2001). Un capitulo para la serie Cineastas de nuestro tiempo en el que pretendía enseñar de manera didáctica la complejidad de sus admirados Jean-Marie Straub y Danièle Huillet. Esta pareja de cineastas debate calurosamente delante de una mesa de montaje mientras trabaja en la tercera versión de Sicilia! (1999) – para el que firma este texto su mejor película. Costa se agazapa en el rincón de una habitación sumergida en la penumbra que requiere ese trabajo, y su cámara permanece atenta a la impagable reflexión sobre la importancia de efectuar un corte un fotograma antes o después. El valor de “la cuestión Straub” desarrollada desde Dalla nube a la resistencia (1979) no reside en donde cortar sino en por qué cortar. Como alumno aventajado, Costa ha prolongado lo aprendido en todos sus trabajos digitales filmados a partir del año 2000.  En los que ese corte se ha revelado como una cuestión tan vital como social y política. Porque con su aparición desautoriza a documental y ficción para otorgar al tiempo la responsabilidad de operar en la figuración de lo real. En un mundo sobre-representado el valor añadido de una imagen estriba en lo que pueden pervivir en el tiempo. Sus imágenes se convierten entonces en una forma de resistencia a la lógica del espectáculo. Su tiempo pesa hasta que se trabajan a partir de su vivencia verdadera. Porque para un espectador, una imagen vivida es una imagen trabajada. Como la de un tipo negro que mira ensimismado hacia una pared pulcramente blanqueada.


[1] Un mirlo dorado, un ramo de flores y una cuchara de plata. Libro incluido en el cofre dedicado a Pedro Costa editado por Intermedio que contiene todas las películas de esta etapa digital en la que nos hemos detenido.

[2] http://contrapicado.net/old/panoramica.php?id=276

Noughties. Termino acuñado por la BBC para denominar a la década 2000-2009 “sin nombre”.

Ricardo Adalia Martín.

Número 5: http://issuu.com/rayoverde/docs/rayoverde5

Colaboraciones

El número 13 de la revista Shangrila. Derivas y ficciones aparte dedicado a la figura de F.M. Dostoievski vista a través de diferentes escritores, cineastas y pensadores, acaba de ver la luz y ya puede ser adquirida en los puntos de distribución habitual, incluido su weblog. Nuestra colaboración, por partida doble, rastrea las correspondencias entre Noches blancas (1848)/Two Lovers (James Gray, 2008) y Apuntes del subsuelo (1864)/Control (Anton Corbijn, 2007).

También está disponible un nuevo número Transit: cine y otros desvíos. En su octava entrega, en la que se presta una especial atención a la 48 edición del festival internacional de cine de Gijón, colaboramos con un texto dedicado a Film Socialisme (Jean-Luc Godard, 2010) y una aproximación al cine de Eugène Green.

Esperamos que os resulte interesante.

Carta a Alex Descas

Querido Alex,

Te he conocido gracias a Pedro Costa y su buena costumbre de pasarme las películas más interesantes del panorama cinematográfico contemporáneo. Tengo que admitir que de no haber compartido conmigo 35 Rhums (2008) seguiría sin saber nada de ti a pesar de que tu carrera como actor se prolongue a lo largo de más de 20 años y de que hayas trabajado con algunos de los cineastas más representativos e importantes del viejo continente. Las imágenes del trabajo de Claire Denis han producido en mi cuerpo sensaciones tan extrañas, que he sentido la necesidad de ponerme en contacto contigo para intentar trasmitírtelas.

Salvando nuestro evidente parecido físico, he creído reconocerme en la expresión de tu rostro, en la quietud de tus movimientos, en la dignidad de tus posturas corporales. No podemos negarlo Alex, nuestro cuerpo fascina tanto que ha acabado por convertirse en un mero objeto que ensimisma por igual a la cámara de Pedro y Claire. Aunque sus estrategias en la forma de escrutarle sean tan distintas como los resultados que pretenden obtener con ello. Mientras que Pedro demuestra su obsesión por el movimiento de la totalidad de mi cuerpo dentro de un espacio con el que me mantengo en tensión, Claire se empeña en cercenar el tuyo en partes que dan la sensación de funcionar de forma autónoma. Mi cuerpo se convierte entonces, de manera análoga al de mi hija Vanda degradado por la heroína, en ejemplo encarnado de la imposibilidad de adecuación a un mundo sumido en una constante actualización. Me refiero a ese devenir en busca de un horizonte de imágenes tan ideales como los muros de los edificios de nueva construcción de Fonthainas.  Por el contrario, Claire Denis considera que ese horizonte no solo se ha alcanzado, sino que además se ha instalado plenamente en cada cuerpo. Despegar cada imagen como si fueran pegatinas se convierte en una tarea que solo puede llevar a cabo su cámara, decostruyendo un cuerpo que ya clamó en los protagonistas de sus películas que te precedieron con los cortes en su propia carne y la sangre que brotaba de sus heridas. Que en su fondo viene a ser una búsqueda incansable por encontrar un modo de separarse de todo aquello que entorpece la vida. Como esa relación infinita con tu hija en 35 Ruhms o con tu mujer de la que se supone que ya te has divorciado. Una relación que por otra parte miro con mucha envidia, ya que desde hace muchos años trato de reunirme con el amor que dejé en Cabo Verde y con los hijos que he ido desperdigando por el barrio en el que nunca llegaré a integrarme.

Más allá de nuestros problemas con las mujeres, creo que nuestra presencia en las pantallas dentro del tiempo en que nos ha tocado interpretar puede estar teniendo una importancia mayor de la que podamos llegar a imaginar. Después de que Pedro señalara en más de una entrevista que mis raíces emergen de ese tremendo desarraigo que vivieron algunos de los mejores personajes interpretado por Jonh Wayne, se ha prologando la idea hasta llegar a equiparar mi figura con la de algunos personajes fordianos, hasta llegar a reducirla a la mera analogía de la apariencia física del Woody Strode de El sargento negro (1960). Y seguramente que en ello exista mucha verdad, puesto que ese desarraigo siempre le he sentido muy cercano. Con todo esto en la cabeza, y mientras descubría tu interpretación, se me ocurrió que, dado nuestro parecido físico,  nuestras figuras se estarían erigiendo como una nueva vía actoral dentro del cine europeo; nuestra tremenda presencia física se ha convertido en un nuevo referente que ha conseguido sostener el agotamiento y la desganada de los intentos de relatar una historia fragmentada. Como puedes imaginar, resulta más que paradójico que dos de los renovadores del cine social del viejo continente nos utilicen como remiscencia de ese clasicismo del tiempo de los actores. Y iendo todavía más allá, me atrevería a decir que nos estamos convirtiendo en algo parecido a lo que supusieron John Wayne y Robert Mitchum. Por su integridad, por su coherencia, por la fuerza transmitida en cada uno de sus gestos.

La paradoja aflora cuando echamos un vistazo al continente cinematográfico que tenemos enfrente. No podemos negar que la polaridad entre EE. UU y Europa sigue siendo el baremo con que medir las fuerzas de las demás cinematografías. Por eso resulta más que llamativo lo que parece ser una inversión de los modelos de masculinidad en la pantalla. James Gray dejo ver sus intenciones en La noche es nuestra (2007) y logró materializarlas con las lágrimas de Joaquín Fénix en Two Lovers (2008). El rostro triste y la mirada vidriosa de Leonardo Dicaprio en Shutter Island (2010) y Origen (2010) parecían poner fin a un contagio que ha terminado extendiendose hasta el modelo de masculinidad hipermusculuso de Los mercenarios (2010). El hombre, en cada una de ellas, aparece representado en la figura de un personaje débil, atormentando por un pasado todavía sensible en el que la ausencia de una mujer le ha dejado instalado en una especie de cansancio vital del que solo podrá salir con la aparición de otra mujer en el horizonte.

No cabe duda que nos encontramos ante el una figura del héroe postromántico europeo. Héroes agotados en su tarea, presentados como victimas emocionales, y que con su nueva condición vienen poner en crisis las bases de la virilidad férreamente construida desde mucho tiempo atrás por el sistema de estudios que amparan sus propuestas. Pero la diferencia con sus antepasados cinematográficos es tan pequeña como sutil; mientras que, por ejemplo, un arquetipo hitchcockiano describía un trayecto de mujer a mujer hasta completar su deseo, los nuevos modelos deben partir de un encontronazo doloroso para arrancar hacia la búsqueda de su particular Ariadna. Por tanto, las mujeres ya no aparecen en pantalla como ese fin, como objeto de deseo al que debía aspirar todo hombre, sino como el medio con que satisfacer aquello que se sabe quedará insatisfecho. Este nuevo trayecto de mujer a mujer ejemplifica la operación económica puesta en juego en cualquier ejercicio de memoria; de lo que se trata es de construir orígenes del dolor allí donde es imposible fijarlos posponiendo su sutura en el (re)recorrido del trayecto de una ausencia permanentemente rememorada.


Cuando yo escribo la misma carta de amor a mi amada no trato de reencontrarme con mi pasado para prolongarle de manera satisfactoria, sino para acabar de una vez por todas con la imagen que me empuja a tratar de solventarle mediante sus pequeñas copias depositadas en Vanda y en cada uno de sus hermanos desperdigados por Fonthainas. Cuando tú tratas de separarte de tu hija, a pesar del poderoso vínculo afectivo que os une, escoges la dirección contraria para la misma tarea. De esta manera, podemos entender que la cámara impasible con que me escruta Pedro funciona sacudiendo la uniformidad de la imagen, mientras que la selección made in Denis opera realmente reconstruyendo un cuerpo a partir de la relación con la copia. Como no podía ser de otra manera, las dos propuestas, y cada una a su modo,  cumplen con el movimiento en falso que debe desplegar toda película que pretenda ser considerada como arte cinematográfico.

La legitimación de cada discurso se encuentra entonces en las singularidades de su contrario, en esos (nuestros) cuerpos políticos convertidos en punto de referencia de una nueva construcción ética. EE. UU (Hollywood) resucita la psicología para concretar los puntos de acceso a una imagen abierta en canal conscientemente que debe ser recorrida siguiendo las pistas dispersas en una especie de laberinto transparente. Europa mientras tanto se mueve entre los huecos de los diferentes palimsestos que se ha impuesto tratando de encontrar una imagen única a la que someterse. Sin embargo, de cada una de estas operaciones puestas en práctica  emana una misma nostalgia de rencuentro con su figura liberada y adoptada por el contrario.  El espacio que las separa es eso que todavía llamamos amor, en el que se continua imponiendo la confrontación exclusiva de dos posturas de representación diferentes, en las que resulta imposible reconocerse debido a una proyección de imágenes de cada figura a partir de la imagen asumida de su contrario en la que, además, buscan y encuentran un refugio a modo de coartada operacional. ¿Cómo hacer entonces? ¿Cómo moverse por ese territorio completamente abierto pero sometido a tensiones que suspenden su operatibilidad destruyendo la diferencia con la integración del otro en cada uno de los espacios irreductibles donde tradicionalmente se gestionó el desencuentro conceptual? ¿Cómo tomar posición cuando aspiramos a ver siempre lo mismo pero con diferentes prismas?

Mientras esperamos a que alguien se anime a dar alguna respuesta, deberíamos quedar para tomar unos tragos.

Ventura.

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Publicación de escritura y reflexión cinematográfica puesta en marcha en febrero de 2009.

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