El éxito de Tiro en la cabeza

2008 // Tiro en la cabeza // España // Director: Jaime Rosales // Guión: Jaime Rosales // Reparto: Ion Arretxe, Iñigo Royo, Jaione Otxone, Ana Vila, Asun Arretxe.

Situados ya a una distancia equiparable con la que Jaime Rosales filmaba el seguimiento de los personajes de Tiro en la cabeza, podemos comenzar  a pensar lo que ha supuesto la utilización de un lenguaje cinematográfico eficaz y consecuente con el hecho sociológico puesto en forma sobre la pantalla donde se ha proyectado. Pensamientos que tienen que nacer del éxito que supone su olvido, o mejor dicho, del olvido del desprecio suscitado hacia la propia película. Pero, paradójicamente, resucitarla de ese olvido supone hacerla fracasar en la prolongación hacia la realidad de su propuesta formal. Veamos porqué.

La parte del metraje anterior al asesinato mostraba el seguimiento de un humano en su vida cotidiana. Este seguimiento interpretado como una humanización del asesino, perdía todo su valor en el mismo momento en el que el asesino pronunciaba la palabra “Txakurra” y apretaba el gatillo. El odio que trasmitía esa palabra, junto con su tono y entonación, además de, por supuesto, el asesinato en si mismo, deberían haber pesado por si solos a la hora de romper con esa interpretación humanizadora del monstruo.

Además, la forma cinematográfica adoptada, situaba nuestra mirada a una distancia que aplanaba la imagen del personaje y no nos dejaba oír sus conversaciones. Convirtiéndose así, en una especie de síntesis de lenguaje publicitario y cinematográfico que interpelaba a nuestro deseo de conocer lo que no comprendíamos desde la distancia. Ese deseo propuesto por la forma demostraba como lo inhumano del hecho publicitario lo pude convertir todo en algo potencialmente humano.

Rosales escogía esta mutación de lenguaje publicitario para situarse a una distancia hacía el lenguaje publicitario clásico (montaje de corte rápido y primer plano) con el que se narran los atentados en la televisión, similar a la que sitúa nuestra mirada en la película. Con esta idea Rosales trataba de alertarnos del peligro que corremos al tratar el terrorismo como otro objeto más de consumo. Como un fetiche, que usamos la semana del atentado para indignarnos y rellenar tertulias, para después olvidarlo tan rápido como el momento en que nos enfadamos.

De esta manera no parece casual que el asesinato se lleve a cabo en un centro comercial, que Rosales equipare la imagen de los dos asesinados con la de dos marcas comerciales y que además lo ruede de la forma contraria a como había rodado la película hasta ese preciso instante. O sea, de la forma publicitaría clásica antes mencionada.

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Tras el asesinato, una imagen en movimiento sobre un quita miedos de la carretera por la que huía el coche de los asesinos, funcionaba como goma de borrar sobre nuestra memoria inmediata. Después del secuestro de la mujer que hacía la compra y su posterior traslado hacia el bosque donde iba a ser abandona, aparecía ese gesto por todos conocido, que se volvía a interpretar como algo humano. En ese punto donde nacía la indignación, olvidábamos que un asesinato desacredita todo lo supuestamente humano de ese personaje, además de olvidar el mecanismo publicitario utilizado y desvelado por el mismo Rosales para hacernos reflexionar sobre nuestro punto de vista que adoptamos en la forma de mirar a la realidad.

El éxito de la película comienza a nacer aquí mismo, sobre la idea de hacernos pensar en como no pensamos la forma en que nos relacionamos con el terrorismo. Consumimos imágenes y las olvidamos de asesinato en asesinato. No es casual que todos los personajes se relacionen a través del consumo. La gran mayoría del metraje se centra en el seguimiento de un personaje en su relación con los otros a través del consumo (parece casi imposible ver a los personajes sin un vaso de vino en la mano). A lo que hay que sumar el tiempo dedicado en su soledad al consumo de los más diversos productos culturales (Revistas, deuvedes).

Rosales no solo trata de poner en evidencia el hecho de que un asesinato desacredita toda ideología o justificación, sino de alertarnos de la problemática de construir la ideología que le falta al asesino a base de consumir la imágenes que construimos a partir de su horror. Tiro en la cabeza proponía imágenes sin significación, sin ideología, pero que en contacto con nuestra forma de relacionarnos con esas imágenes adquirían el relieve ideológico que nace de la misma irracionalidad de todo producto publicitario.

Tiro en la cabeza ponía en forma ese hecho publicitario, publicitandolo a la vez que publicitaba a un personaje, desvelando después lo que escondía detrás de él para que pensemos en como ese deseo sustituye a una ideología inexistente. Ese deseo es el que conecta nuestra parte irracional, con lo irracional del asesino. Ese vinculo es lo que Rosales nos muestra como una nueva forma de ideología. Nos alerta del peligro que subyace de forma espontánea de nuestro lado más irracional, capaz de construir algo humano donde no lo hay. De convertirnos y de convertir todo en pura publicidad.

El éxito de la película radica en habernos dado a entender esa relación con un producto que adopta lo que parece ser el único lenguaje de la actualidad posible para el entendimiento. Consumimos la película, nos escandalizamos y la olvidamos de la misma manera que la hemos consumido. Todo un éxito de Rosales, al haber construido la película contra si misma, para ser coherente con lo que trataba de demostrar.

Ventura

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Un comentario en “El éxito de Tiro en la cabeza

  1. Interesante, una visión de quirófano. Tomo nota. Recuerdo el 11M, las caras de consternación de ocasión y las cifras de muertos en la punta de la lengua, y luego los deportes.

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