Tiempo santo

Cuando llega el verano se suelen hacer recomendaciones cinéfilas acordes a esos lugares típicamente frecuentados en estas fechas. Playas y piscinas se convierten en el eje sobre los que se articulan listas y dossiers de películas que tratan de rebajar el tono en el acto de ver que se supone hemos mantenido el resto del año. Pero lo curioso de esas clasificaciones es que olvidan lo más típico de nuestro verano como son las fiestas patronales que sufren desde la más pequeña aldea a la más moderna de las ciudades de provincias (todas lo son).  Quizás esa circunstancia resida en que sean escasas las películas que han acudido a ellas más que como un mero contexto, idealizado, sobre el que construir una historia liviana bajo los preceptos de cualquier aproximación genérica. Pero tan curioso como ese olvido resulta que dos operas primas se aventuraran a ir más allá de lo que jamás se ha cuestionado por el bien turístico, parar tratar de descubrirnos lo que se que esconde detrás de esta cuadratura popular.

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En Madeinusa (2006), Claudia Llosa se inventaba un pueblo, sus gentes y sus tradiciones, para colocarlo todo en un lugar indefinido de Perú, hacernos creer que lo que íbamos a ver era una exploración etnológica de una comunidad, para posteriormente trascenderlo hacia una reflexión universal sobre lo que hay detrás de la belleza (o su imagen) folklórica del conjunto de las fiestas amparadas por la coartada que ofrece lo religioso, para construir un estado de excepción donde vale todo bajo el eufemismo de un tiempo santo, que es el de la Semana Santa, la Navidad, y por supuesto el de la fiesta patronal.

Llosa filmaba de manera documental las celebraciones del tiempo santo siguiendo al personaje que da título a la película (interpretado por Magali Solier). Comenzando por su cara pública como Reina de las fiestas en que tiene lugar ese tiempo santo, para después dar la vuelta a esa aparente belleza etnológica y enseñarnos como su construcción en lo privado a través de las relaciones familiares escondía una serie de signos (quizás demasiado simbólicos) de lo que posteriormente iba a aflorar. Siguiendoles tras su aparición por toda la comunidad hasta su conformación en el horror que encierran todas esas fiestas. Que no es tanto el de la borrachera, la charanga, el encierro, el petardo o las peñas, como el de comprobar como todos los que participan de ella muestran lo que reprimen el resto del año y lo liberan de forma aberrante en ese tiempo en el que vale todo, para después volver a una normalidad que hará olvidar lo que ha pasado por el bien de esa tradición que debe repetirse de la misma manera al año siguiente.

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Tres años antes, Albert Serra en su debut como realizador con  Crespià, the Film not the Village, partía, a diferencia de Llosa, del lugar real que da título a la película para seguir a sus gentes durante la semana previa al día grande de las fiestas en honor al patrono de la cosecha. A Serra no le interesaba tanto el horror que se producía ese día grande en el que desembocaba la película, con la misa, el alcalde trajeado y el baile de la sardana comunitario, como los pequeños actos que le iban formando durante esa semana. Unos actos tan banales como son un corte de pelo o pintar un garaje, pero que van construyendo poco a poco la fiesta, de la misma manera que la imagen prefigurada e inamovible que tenemos de ella, se va formando a partir de la suma de pequeñas imágenes intrascendentes.

Serra no se contentaba con filmarles (también de manera documental) en  sus quehaceres, sino que además se inmiscuía en esos pequeños actos que solo nosotros percibimos como horripilantes, insertando entre ellos pequeñas piezas musicales que disparaban la imaginación de cada personaje-persona, pudiendo expresarse libremente a través del baile. Serra intentaba señalar (quizás porque ese es su pueblo) esos signos ocultos que un momento dado pudieran revelaran a sus protagonistas el horror que estaban ayudando a construir con el género cinematográfico que se ha considerado como el más horroroso de todos (según Godard).

Pero lejos de querer construir una mirada exculpatoria, ambas películas todavía se aventuraban a ir más allá, revelándonos el verdadero horror que supone  comprobar que cuando se declara un estado de excepción y la suspensión del tiempo abre la posibilidad a cualquier posibilidad en la vida, la condición humana siempre escoge su autodestrucción. Disfrutando tanto de ello como las gallinas que abren la película de Serra picoteando su propia mierda.

Roberto Espejo.

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