Innocence (Lucile Hadzihalilovic, 2004)

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Las dos niñas uniformadas que vemos en la imagen viven recluidas dentro de un bosque amurallado junto con otras treinta y tres chicas, repartidas de siete en siete en cinco casas independientes unas de otras. En cada grupo, las niñas además de vestir el mismo uniforme, llevan unas cintas de colores alrededor de sus coletas que las clasifican de menor a mayor edad siguiendo la escala de colores del arco iris. Aparte de esto, lo único que sabemos de ellas es que todas las mañanas acuden a un edificio-escuela donde se reagruparan por colores antes de recibir unas clases de baile, y que su reclusión acabará cuando lleguen a una madurez adolescente (coincidiendo con la primera menstruación)

Lucile Hadzihalilovic, editora de Solo contra todos (Gaspar Noé, 1998) y desaparecida  en combate desde que presento este trabajo en 2004, asentará el paso de la infancia a la adolescencia sobre una maquinaría simbólica tan simplista como la escala de colores del arco iris y una narración tan cursi como el cuento de la ninfa que se convierte en mariposa, para que se note como con su acercamiento con la cámara se construye una carnalidad y una sensualidad  alrededor de los cuerpos todavía por hacer de las niñas, que de haber sido realizado por un hombre, se hubiera censurado por su mirada pederasta (A Rohmer y Monterio se les acusa de lo mismo por mucho menos).

Quizás el peso del sensacionalismo que arrastra la película por traspasar lo tolerable sea la razón por la que el Festival de San Sebastián la haya elegido como imagen del cartel publicitario del ciclo La contraola: novísimo cine francés. Pero a diferencia de la gran mayoría de películas que lo conforman, Innocence no se queda en el límite para llamar la atención. Le utiliza, al igual que Trouble every day, La vie nouvelle o Les anges exterminateurs, como un velo que se ciñe al cuerpo de lo que sería imposible de ver directamente, para que sus relieves nos permitan reconstruir lo que está pasando.

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En la forma que tiene de mirar a las niñas mientras bailan en sus clases o se bañan en sus ratos  de ocio, Lucile Hadzihalilovic busca a través del deseo inducido metaforizar lo que descubriremos hacia el final del metraje, cuando el aprendizaje al que hemos asistido clase tras clase, se sintetice en una función teatral que tiene como protagonistas a las niñas-chicas que están a punto de pasar a la adolescencia. En un teatro que se encuentra en el sótano del edificio donde aprendieron a bailar, y cuyas butacas están llenas de cuerpos de hombres y mujeres de los que no podemos distinguir sus rostros. En un momento de la función un hombre se levanta y arroja una rosa al escenario interpelando a una de las chicas con la frase “Bravo, eres la mas bella”. Su rostro queda en las sombras, fuera del plano. Con un juego de contraplanos se nos situará en el lugar del rostro escondido, sobre la mirada que percibe como la niña recoge la flor que acaba de ser arrojada.

En ese momento, cuando la película comienza a mirarnos, entendemos que lo se ha puesto en juego durante todo el metraje es una reflexión sobre la construcción del punto de vista del espectador. Para que el cine pueda seguir perviviendo en el tiempo, necesita moldear al espectador para que olvide, temporalmente, lo que ha visto y sienta en todo momento la necesidad de volver a ver. Eso solo puede conseguirse construyendo una subjetividad  que deshaga la memoria y la conciencia, aproximándola a una infantilidad donde todo es sensible de ser recibido.

Pero Innocence no se queda ahí. A través de la sencillez de los símbolos que recorren la película, visibles en todo momento, reconfigurará nuestra subjetividad creada en primera instancia hasta acercarla, justo al final del metraje, a la de la adolescencia. En este punto donde la inocencia que impulsaba de forma inconsciente a descubrir el mundo(o sus imágenes) se convierte en su recuerdo, es donde todas las películas dejan nuestra subjetividad sobre los títulos de crédito. Recordando lo que hemos visto para que recordemos que tenemos que volver, próximamente, a una sala de cine.

Innocence señalaba el espacio existente entre el olvido del recuerdo y el recuerdo del olvido entre los que oscila, de principio a fin una película, donde se nos sitúa tras el juego de la doble construcción de subjetividades, para advertidnos de la vulnerabilidad a la que estamos expuestos al ser conducidos hasta él. Pero ese peligro, cuando lo indicaba Lucile Hadzihalilovic solo era posible dentro de una sala de cine, antes de que, las nuevas formas de audiovisual (por aquel tiempo) lo precipitaran hacia su conversión en un espacio político que iba ser gestionado como tal, para prolongar la construcción de esa subjetividad entre lo infantil y lo adolescente de forma permanente a la realidad.

Afortunadamente películas como En la ciudad de Silvía o El hombre de Londres han continuado trabajando sobre lo que señalaba Innocence, para estudiar en profundidad como se están instalando en el centro de lo real las subjetividades que no pueden librarse de su virtualidad, y como han arrastrado esa vulnerabilidad creada por la imagen a todos los aspectos de la vida.

Ricardo Adalia Martín.

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