El cielo, la tierra y la lluvia. (Jose Luis Torres Leiva, 2008)

Nada. Yo nunca hago nada. ¿Qué crees que hice? Soñé que era feliz, y como era tan feliz inventaba la mantequilla.

Esas palabras de Verónica, una de las protagonistas, junto al descriptivo título dejan bien a las claras las pretensiones del joven director chileno José Luis Torres Leiva.

En las imágenes del sur de Chile, un paisaje rural parece ganar terreno hasta borrar definitivamente cualquier horizonte de escape. Cuatro solitarios personajes viven en esos parajes a través de la rutina y el silencio. Buscan amor, sexo, afectos familiares, espacios y tiempos propios no sólo para despegarse de la soledad que los constituye íntimamente sin también, para, finalmente, encontrarse ellos mismos.

El cielo, la tierra y la lluvia es una película sobre la fusión del hombre y su entorno, sobre el transcurso del tiempo, la soledad y el silencio. Torres Leiva en su rueda de prensa en el Festival de Gijón explicó: Lo que más me interesaba era hablar de la soledad, pero no una visión oscura y pesimista sino de gente marcada por la soledad y cómo aprender a vivir con ella. Me interesaba trabajar con el paisaje como protagonista y me interesaba que los personajes se relacionaran con ese paisaje como un todo. Es el cine que me interesa y con el cual disfruto. Tiene sus raíces en otro tipo de cine y no en el que estamos acostumbrados a ver.

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La película comienza con dos largos planos de una niña jugando con un perro. En el segundo, un  travelling a través de una ladera nebulosa, la cámara se mueve lentamente, como si vagara, hacia la corteza de un árbol y explora su rugosidad, su retorcimiento y la espesura de sus formas. Es un plano cuidadosamente ejecutado, como toda la película, con una fotografía pulcra y perfeccionista de Inti Briones (colaborador habitual del cineasta Raúl Ruiz), un fenómeno que, sin ser extraño, es intensamente misterioso: el peso del paisaje sobre unos seres humanos que a un mismo tiempo se ocultan y son sumergidos por él.

Estos personajes están condicionados por los ritmos de la naturaleza que los circunda; viven un tiempo a plazos y unos ciclos muy largos. En este sentido El cielo, la tierra y la lluvia muestra un paisaje engañoso, deslumbra por su belleza tanto como aplasta y condena a sus moradores. Por eso son tan tristes, tan lacónicos, tan introspectivos. Lo que la impecable cámara de Torres Leiva registra es la lucha ciega, sorda e inútil de unas figuras sobre un paisaje feroz. La inteligencia del director en la película es que deja que la naturaleza hable y se muestre en todos sus poderosos aspectos.

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Lo que a primera vista en la película puede tomarse como un retrato de grupo en un marco de sobrecogedora grandeza, cuatro solitarios cuyas vidas se entrecruzan sin otro resultado que no sea más soledad y extravío, deviene comprensión del paisaje como construcción totalizadora, en que los accesos de melancolía y el fantasma de la incomunicación aparecen como trazos inscritos en una estructura trascendente. Lo que el propio realizador ha conceptualizado como “paseos” (mentales, a pie, en coche, en ferrie, etc.) tiene un peso decisivo en la negociación del paisaje como cuerpo simbólico. Es la densidad casi física de esos recorridos lo que define la auténtica materia dramática de la película (no se si procede el término en este caso).

Lo poco que sucede en la superficie de las vidas de los cuatro personajes protagonistas resulta en la película alusivo o inconexo. El suyo es un presente suspendido, del cual percibimos algunos trazos inconclusos. Nunca sabremos el origen de los impulsos autodestructivos de Marta, ni qué sucedió con ella una vez desapareció en el bosque; porque Verónica acompaña compulsivamente a los otros; si en realidad Ana robó el dinero de la tienda conde trabajó o porque reprime la atracción que siente por Toro y la sublima en una suerte de piedad, la misma que ejerce con su madre enferma. En el fondo nada de ello importa tanto como qué llena el vacío dejado por la supresión de la historia y la crisis del personaje (Antonioni, una vez más), quedando el film como una obra abierta con unas lagunas e interrogantes que desafían la certeza del relato clásico.

Juan Antonio Miguel.

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