La aventura 50 años después

Hablar en estos tiempos de La aventura (Michelangelo Antonioni, 1960), una de las obras cumbre de la cultura europea del siglo XX, además de osado, entraña multitud de riesgos dada  la enorme cantidad de estudios y analisis publicados sobre ella. El presente texto no pretende reflejar ningún tipo de análisis sino comentar las reacciones de los nuevos espectadores y de los más curtidos después de su proyección en pantalla grande.

Cuando  se pudo ver por primera vez en el Festival de Cannes de 1960 la reacción del público asistente, bien conocida ya por todos, fue la de estupefacción, arremetiendo de forma vergonzosa contra la película. Los asistentes se preguntaban que había pasado con Anna, la joven desaparecida. En su día no entendieron que esa desaparición (mejor dicho, la desaparición de la desaparición) no le interesaba a Antonioni; Anna había desaparecido de en la isla, había desaparecido de la película y de la mente de los protagonistas. Una nueva película o, mejor dicho, una nueva forma de hacer cine estaba apareciendo; la narrativa figurativa (por decirlo en términos pictóricos, muy apropiado a la película) estaba dando paso a la abstracta. La última imagen de la película, un plano partido en dos que muestra a un lado un bonito paisaje y al otro una pared, ejemplifica perfectamente esta transición.

Pasados 50 años desde su primera proyección y unas cuantas vanguardias a las espaldas (literarias, pictóricas, cinematográficas, etc.), la nueva (también la vieja) generación de cinéfilos siguen haciéndose las mismas preguntas y cuestionando los mismos temas, lo que nos lleva a pensar en lo poco que hemos avanzado o lo poco que queremos avanzar. Han pasado 50 años y da la impresión de no haber entendido nada. ¿Tenemos que volver a la narrativa convencional? ¿Ha servido para algo que una película como esta revolucionará el cine? ¿Empezamos ya a olvidar a los muchos seguidores de la obra de Antonioni? ¿Volvemos para atrás? La presencia en la cartelera de títulos como los de Fernando Trueba, Alejandro Amenábar o Juan José Campanella parece que empiezan a despejar algunas dudas.

Juan Antonio Miguel.

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