¡Oh, pecador!

¡Daros prisa!, que llegamos tarde a uno de los arranques cinematográficos más portentosos de los últimos años, junto con el de Old boy (2003) y El caballero oscuro (2008). This is Miami, brother! Acabamos de entrar a una discoteca de moda y nos pegamos a Sony Crockett (Colin Farrel) y Ricardo Tubbs (Jamie Foxx) esperando a que lleguen los malos en la adaptación cinematográfica de la mítica serie de televisión de la que fueron protagonistas. El contoneo de las chicas en el local nos despista de tal manera que casi se nos pasa como se está presentando un operativo de vigilancia policial que tendrá como objetivo atrapar a un peligroso traficante. Atención,  comienza a sonar una remezcla del Sinnerman de Nina Simone mientras Sonny se va a la barra a pedir un mojito. Tras haber sido presentado el espacio, nos vamos fuera del local para ver la llegada de la gente a la que estamos esperando. En una genialidad de Michael Mann, se cuestiona el rol de buenos/malos y la ubicación de su frontera, sobre el tema musical que está sonando como anticipo de los vaivenes morales sobre los que oscilará la narración en las siguientes dos horas de metraje.

Saltamos en en el tiempo para llegar a la escena final de Inland Empire (2007) de David Lynch. Hemos llegado a tiempo de ver los títulos de crédito y la traca final que se está preparando en forma de video musical, al tortuoso viaje por la vida, mente y rostro de Nikkie Grace (Laura Dern). Aquí si que oímos perfectamente como suena la versión original de ese Sinnerman. Al mismo tiempo, y como por arte de magia,  irán apareciendo ante nuestros ojos  todos aquellos personajes que durante el metraje fueron imaginados en las múltiples subhistoiras, fugas y digresiones que conforman un entramado casi indescifrable de cabos sueltos (como la mujer coja, el leñador o la prostituta), en un asombroso ejercicio de encarnación y captura de un imaginario imaginado.

Miami Vice (2006) e Inland Empire están construidos bajo un mismo gusto por la digresión narrativa, derivada, quizás, de una necesidad primigenia de exploración de, por aquel entonces, territorio virgen de la imagen digital. Mann desde la HD aprovechaba cualquier momento para apartarse del lugar donde estaba pasando un verdadero acontecimiento, para llevarnos a dar paseos en lanchas motoras por los alrededores de Miami. Lynch, desde el video casi amateur de una Sony PD-150, a través de narraciones orales de las historias que debíamos imaginar.  El entorno digital manejado por ambos es, en origen, un territorio propio de la televisión. Nació con el objetivo de ahorrar costes de producción y eliminar todo tipo de fronteras. También sabemos que la televisión se adueño de los códigos genéricos del cine y de bastantes de sus técnicas, para después convertir la imagen cinematográfica en mercancía televisiva de grandes audiencias. Creo que ya estáis imaginado a donde quiero ir a parar.  ¡Venganza!

Mann con su obertura musical sustraía del imaginario los arquetipos de la serie de TV a través del mensaje subliminal de una canción; lo importante de la remezcla de Sinnerman, es precisamente la remezcla. Reformular unos espectros propios de un imaginario televisivo hasta darles una forma cinematográfica. Esta función, que podría otorgarse a cualquier otra canción, se concede a esta remezcla con el montaje musical que estamos escuchando. Pinchada entre dos temas[1] sin remezclar, el Sinnerman Mix alcanza de este modo un grado doblemente narrativo. Por otro lado no debemos olvidar que Inland Empire corporeizaba sus fantasmas a partir de un imaginario televisivo, inexistente y, además, en forma de remake. On high in blue tomorrows, el telefilme inacabado a partir del cual irían apareciendo las diferentes historias que iban ser capturadas. La importancia de esa captura reside en el lenguaje puramente televisivo. El videoclip como herramienta de creación de un monumento  nacido de la conjunción entre lo imaginado y su registro televisivo.

El cine tiene algo a su favor y en su contra de forma simultanea. Como arte del tiempo, tiene permitida una mayor duración de sus imaginarios en su curso  que la televisión. Por el contrario, el tiempo necesario para crearlos es ampliamente superior, por lo que, y ya desde hace bastante tiempo, se está viendo desbordado, tanto por la televisión como los videojuegos, en su capacidad de poder, influencia e instrumentalización de la realidad. Mann y Lynch desde diferentes estrategias parecen haber comenzado una especie de reconquista trabajando sobre lo esencial de esos imaginarios. El primero reformulando cinematográficamente personajes, dejandoles  disponibles para volver a ser redefinidos desde códigos exclusivamente cinematográficos, sobre las innumerables líneas de fuga hacia el infinito como las que sostenían la narración de su trabajo. Y el segundo, haciendo un monumento total e inexpugnable, para ser insertado íntegramente dentro de una ficción televisiva. Print the legend, pero de otra manera.

¡Oh, pecador! ¿Dónde te irás corriendo si el intento te sale mal?


[1] Jay Z y Linkin Park “Numb & Encore” y Freaky Chakra “Blacklight Fantasy”

Roberto Espejo.

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