Carta de Ventura a los romanos

Un autre homme (Lionel Baier, 2008) es una pequeña e interesante producción Suiza que ha pasado desapercibida por nuestras carteleras. Su protagonista masculino, siguiendo la llamada del amor, desembarca en un remoto valle donde comienza a trabajar como crítico cinematográfico en un pequeño periódico local. Como el cine le interesa poco o nada, y además nunca ha escrito sobre temas culturales, construye sus críticas semanales firmando como propios los textos de la sesuda y minoritaria revista cinéfila Travelling. Valle y mujer se le quedan pronto pequeños, y alrededor de su afán por llegar a ser otro hombre lejos de allí, se va narrando un cuento moral con la profesión de crítico de cine como fondo. Además de sus jugosas reflexiones éticas, la película presenta el valor añadido de venir a llenar el vacío de una producción cinematográfica inexistente. ¿Quién sabría decir algún director Suizo desde Alain Tanner (Y Godard no vale)? Pero curiosamente, después de no haber presentado nada durante años, Suiza estrenaba ese mismo año Home (Ursula Meier, 2008) Un trabajo que estuvo cerca de competir por un Oscar. La propuesta de Baier utiliza el blanco y negro y juguetea con los conceptos morales de la nouvelle vague. Por el contrario, la de Meier hace hincapié en una trabajada y colorida fotografía para inclinarse hacía el dilema existencial. Entonces parece claro que si  hasta ese momento el cine Suizo era inexistente, es decir, no tenía una imagen que proyectar al mundo, el dialogo y juego entre las imágenes de ambos trabajos será la que venga a conformar la Imagen. Pero, ¿de un país o de una nación?

El travelling de Kapo es uno de esos textos críticos que sin ninguna duda estarían, de haber una clasificación, en el top ten de la literatura cinéfila. A pesar de reconocer el no haber visto jamás la película de Pontecorvo, y de basar los argumentos de su tesis exclusivamente en el famoso texto  De la abyección de Jacques Rivette, las ideas de Sergei Daney han ido trasmitiéndose a lo largo del tiempo hasta conformar un autentico axioma sobre como deben ser miradas e interpretadas las imágenes del horror. Lo curioso de este texto y su herencia, es la relación entre lo que ha sido olvidado y recordado de todas sus ideas. Dentro de lo primero entraría el intento por rehabilitar a un espectador “cegado” por la imágenes del horror, que solo puede volver a ver imaginando a partir de una  ficción que eluda cualquier tipo imágenes. Su propio relato, su propia crítica, operaría como propaganda subliminal sobre la forma en que un texto puede conformar una imagen justa de lo irrepresentable. Lo segundo, es lo que prolonga esa idea de que el horror no debe ser jamás estetizado. “Porno concentracionario” gustaba en llamarlo. Pero que lamentablemente ha funcionado entorpeciendo que la Shoah pueda perder algún día su capacidad de inmanencia. Quizás haya llegado el momento de señalar que películas como Kapo (Gillo Pontecorvo, 1961) o La vida es bella (Roberto Begnini, 1997) no deberían ser condenadas por sus intentos de dar salida al horror desde un posición estética fuera del canon, sino por la carpintería emocional con la que fabrican una empatía hacia unas imágenes lo suficientemente expuestas como para requerir algún tipo de justificación sobre ellas.

No he visto Independencia (Raya Martín, 2009) y mucho me temo que tardaré bastante en poder hacerlo. Pero a partir de todo lo que he podido leer sobre ella, puedo imaginar que lo último de Raya Martín no esta muy lejos de ser un ejercicio de justicia histórica. Con los colonizadores asesinos (Vosotros. Los españoles.) y con un pasado que quedó (como todos) abierto. Es decir, querría rellenar un hiato a partir de las imágenes implantadas desde una perspectiva histórica construida en un presente que necesita ser anestesiado con las certezas de una memoria a medida. Imagino que esa es la razón por la que simula un tiempo histórico y cinematográfico. Imagino que la única forma de que su pasado impacte en el presente pasa por hacer creer que es posible desligarlos mediante la simulación de un tiempo pretérito, que a su vez simula emitir las imágenes hacia un presente gustoso de recibir sus caricias. Pero lo que no me imagino es que esa relación pueda conformar ni la imagen de un país ni de una nación. La coletilla “hay que conocer la Historia para que no se vuelva a repetir” puede ayudarnos a comprender que Raya Martín, aunque hable de una dialéctica con el espectador, en su ejercicio de “suma de memorias” impide aquello que se presenta esencial para la formación de una imagen: recordar que se ha olvidado. En el juego entre lo que sobrevive y lo que ha pasado sin ser amortajado es donde nace la verdadera posibilidad epifánica de algo tan inasible como es una imagen. Por lo tanto, la verdadera Independencia, la verdadera imagen, solo podrá alcanzarse en el momento en que los cineastas nos otorguen el derecho de poder olvidar. De poder realizar nuestro propio travelling de la memoria.

Ventura.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s