Nuestras humanidades #14: adiós al lenguaje

Querido Vicente:

Me gustaría complacerte prometiendo aquello que me reclamas, pero no tengo nada claro que en nuestro tiempo no exista nada sagrado. Más bien me inclino por lo contrario: hoy todo es sagrado porque cualquiera de las cosas que nos rodea se ha convertido en materia profanable. Estarás conmigo si te digo que ya casi no podemos pasar un momento de nuestra existencia sin jugar con la historia, la cultura, la ciencia, la vida y, por supuesto, las imágenes. Cada una de nuestras tentativas tratan de dar un nuevo uso a las cosas, ya que han perdido su capacidad de introducir una novedad en el tiempo por el que atravesamos. Tradicionalmente, la profanación servía para devolver a las cosas sagradas al libre uso de los hombres, ya que lo sagrado estaba completamente separado de ellos: las cosas de los dioses no podían ser vendidas, ni intercambiadas, ni gravabas por una obligación. Hoy no tenemos dioses que se ajusten a una idea heredada del pasado. Y esas restricciones han quedado abolidas por el mercado y la figura de la profanación. Sin embargo, debemos hacer una distinción importante entre las dos. El mercado se ha apropiado del valor de uso de las cosas siendo incapaz de darlas un uso práctico. Mientras que nosotros, la ciudadanía, cualquier ser anónimo, ha recogido la tarea de darlas un uso vaciado de todo valor. Lo sagrado se guarda entonces dentro esta escisión, dándose la paradoja de que con cada profanación, del tipo que sea, solo se consigue sacralizar en mayor medida a la cosa profanada.  Las imágenes, la manera en que jugamos con ellas, son el ejemplo perfecto para exponer la paradoja: a medida que las vamos trabajando, menos sabemos de ellas y más las conseguimos mitificar.

La profanación se democratizó con la llegada del montaje a nuestros hogares: hemos hablado mucho del uso de la tecla pause de los videos domésticos y del fácil uso de cualquier programa de edición de imágenes: esta ya no es la cuestión. En verdad, y pese a nuestra obsesión, cualquier dispositivo moderno (no solo los móviles y táctiles, sino también la música, los deportes, etc), más allá de vender una forma de vida o de consumo, funciona dando un valor de uso a una noción del tiempo obsoleta. Por eso no estoy nada de acuerdo con el reproche que me haces: para mi no existe ni pasado, ni presente, ni futuro, pese a que utilice el archivo para confeccionar mis piezas. O mejor dicho, estas categorías temporales me parecen un verdadero fracaso. No obstante, todavía hoy, estos tiempos siguen siendo una obsesión, y gran parte de la humanidad gasta ingentes cantidades de energía para intentar responder a la preguntar de ¿qué hacer con el tiempo? Te diré, además, que no trato de pensar el tiempo, ni de hacer una distinción de categorías en la manera a la apuntada. Más bien me empeño en buscar una nueva noción que siempre estará por inventar. Mi tiempo del después no es un tiempo después de otro que ya ha cumplido una tarea: no reconozco la figura del tiempo en su concepción histórica. Mi tiempo del después en verdad no tiene nombre y siempre estará por inventar. Es pura potencia que nunca llegará a cumplirse. Esta es la verdad de cualquier imagen: lo que la excede, lo que no queda dentro del soporte en el que se finge que ha llegado a encarnarse. Por eso es una tontería seguir pensando en la importancia del celuloide, del peso del paso por la moviola y demás juegos nostálgicos y de memoria histórica.

Para seguir discutiendo sobre el relato, el mito y la geometría, he preparado una nueva entrega de “Nuestras humanidades”. Para otra ocasión dejo en suspenso un acercamiento a la potencia del gif, tal como tú le utilizas.

Ricardo Adalia Martín.

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