La puerta del retorno (Hong Sang-soo, 2002)

Centauros del desierto

“Es más fácil conseguir que un actor se convierta en vaquero que convertir a un vaquero en actor”

John Ford

Se podría reescribir la historia del cine tomando como motivo el umbral de las puertas. Siempre ubicadas en un lugar preferencial dentro de la escena, han guardado celosamente el secreto de los amores de alcoba en una época en que estaba completamente prohibida la representación del sexo. Han ocultado complots, conspiraciones, golpes de estado y planes para acabar con jefes de gobierno y de la mafia o con el enemigo público número uno de turno. Han escondido asesinos, amantes, espías y ladrones de guante blanco. Han propiciado el tránsito entre mundos paralelos. Y cuando las leyes de la moral lo permitieron, fueron testigo privilegiado de los besos más bonitos de este arte que admiramos. Hablamos de Lubitsch, Lang, Sternberg, Rivette o Guitry. Y no olvidamos a John Ford, aunque debemos colocarle aparte por lo que todos sabemos: el tío Ethaw (John Wayne) se quedó solo al otro lado de la puerta después de encontrar a Debbie en tierra comanche y traerla de vuelta a la civilización. Estamos recordando el final de Centauros del desierto (1956), por si alguien lo dudaba.

Efectivamente, las puertas, al mismo tiempo que protegen un mundo particular, excluyen otro. La puerta del retorno concluye con el actor Kyung-soo parado frente a la que no ha podido cruzar desde que llegara a esa ciudad de provincias siguiendo a la mujer que conoció en el tren en que viajaba a la casa de sus padres. Le dijo que iba a por dinero, que le esperara. Por supuesto no regresó. Y además comenzó a llover para que se cumpliera la leyenda de la puerta del retorno que le había contado su amigo en la primera parte del film. Recordemos: un noble decapita a un plebeyo que está enamorado de su hija. Este se reencarna en serpiente y se enrosca en una pierna de la mujer de la que continúa enamorado. Como está enferma, la conduce hasta un santuario del que ya no saldrá jamás. La serpiente se queda sola y huye animada por la tormenta que comienza a caer en ese mismo momento. Detrás de la puerta queda un mundo de normalidad, placidez y seguridad al que no podrá acceder jamás: el de la pareja, la familia y el trabajo estable. Delante, solo el errar eterno del héroe trágico.

Kyung-soo no sabe que es un héroe porque, como todo héroe, no tiene conciencia de su condición. Nunca llegará a entender que siempre deberá darse la vuelta delante de cualquier puerta porque está obligado a realizar ciertos trabajos sucios para que las cosas funcionen, para que la vida continúe, para que los demás no nos volvamos aún más monstruosos de lo que somos. Él es la serpiente de esa leyenda, el que facilita que se curen las enfermedades que nos asolan. Su amigo le llamó. Acudió gustoso a la cita después de perder su trabajo en la productora. Conoció a la bailarina y se acostó con ella. No sabía que eran pareja. Pero, gracias a él, la relación pudo superar el momento de crisis por el que atravesaba. Entonces se marchó como había venido. No pudo volver a casa, pero en el tren se encontró con la chica que le condujo hasta su particular puerta del retorno. Estaba casada con un hombre de éxito, profesor y político. La pequeña aventura le sirvió para resolver las típicas dudas que aparecen a los treinta años, en ese incómodo tránsito entre la juventud y la adultez definitiva. Para retomar una vida normal y, por lo tanto, un futuro próspero.

El destino de Kyung-soo es tan trágico como el de Ethaw en la película de Ford. En ella apreciamos toda su dimensión cuando la mujer de su hermano sacude con cariño y nostalgia la suciedad del guardapolvo con el que había regresado de la guerra. Un simple gesto basta para entender todo lo que había pasado en esa familia. En La puerta del retorno, la mujer del político le recuerda que se conocieron hace quince años y le reprocha su mala cabeza. Después de tanto tiempo le sigue guardando cerca de su corazón. ¿Cómo puede acordarse Kyung-soo? La ayudó con unos tipos que la molestaban aunque no la conocía de nada. Solo fue un momento fugaz, que ha quedado marcado como una huella indeleble; ni el tiempo ni el amor de su marido lo han podido borrar. En el pequeño encuentro que mantienen deja entrever que le quiere. Que podría seguir queriéndole para siempre…

Ya lo decían Orson Welles, John Ford, John Ford y John Ford. Ahora no queda otra que entonar un Hong Sang-soo, Hong Sang-soo y Hong Sang-soo.

“Dossier Hong Sang-Soo” en El rayo verde número 6:

Ricardo Adalia Martín.

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